• Adolfo Franco Escamilla Carranza

La Mesa Redonda

Reflexiones en torno a una mesa en la que vivo mi vida en silencio.


Es que yo soy una vida frente a otras vidas que pasan. Pero es como si la razón de ser de mi existencia fuera presenciar el desfile ininterrumpido de las demás existencias. Metaexistencia. Es como si mi misión fuera ante todo ser el representante de un universo estado, flotando estático sobre sí. Un universo que mira, pero su mirada carece de dirección. Mira como la roca que mira. Mira como el sol que mira. Universo a-vidente. No ostenta pesadez; la tortuga no sustenta el mundo en su caparazón; la gravedad está en los otros. Este universo no me pesa. No pesa.

En esta cosmogonía, el castigo de Atlas es un mito inconsecuente; un Sísifo sin su roca.


Sentado inanimado en una de las sillas de la mesa redonda, creo escuchar el mustio sonido de la música, de estas piezas tan minimalistas que apenas y puedo percibir; de estas melodías mudi-natas, hilo distendido de notas menguantes que pareciera que me llegasen desde muy, muy lejos. (¿Qué yace más lejos? ¿la música de mí o yo de toda música?) Quisiera ser tocado por el sonido, pero estoy demasiado cerca del silencio. Demasiado. Y está en la partitura de estas notas el no quererme atravesar.


Y la algazara de fonemas sintéticos que opaca la música de fondo se antoja demasiado humana. ¿Por qué hablamos con palabras que no nos pueden tocar? Si no puedo palparte al discurrirme, mi discurrir no es más que un bello soliloquio. Mera autorreferencialidad.


Y sin embargo la Esfinge me susurra a la piel su enigma sin hablarme. Me dice sin decir: «no hay sonido ni silencio verdaderamente trascendentes y sensibles que no logren traspasarlo todo. No hay libertad que no logre una infinitud.» Si algo es genuinamente libre, ergo es genuinamente universal, y por ello la música y el silencio sensibles me abarcan todo y me poseen. Porque soy el universo que sin remedio escucha y acobija desde el silencio de silencios y el espacio entre espacios. Por siempre cuna silente del neonato infinito. Soy la bóveda vacua y deshabitada donde el sonido resuena. Soy lo hueco resonante, cavidad acústica donde las notas se estrellan y rebotan de vuelta hacia su fuente. Soy el cielo sin estrellas. Bóveda celeste sin claristorios de una capilla sin santos. Templo sin deidad. Soy el paso entre montañas desde cuya profundidad alzas tu voz y obtienes tu eco en respuesta. Guarda silencio y habrás de ser escuchado de vuelta. El universo siempre responde tus preguntas. Está muerto pero resuena. La muerte es una resonancia, porque te responde(s). Cuando a su tiempo obtengas como respuesta lo mismo que preguntaste, y descubras que la respuesta a tu pregunta es la pregunta misma, y la respuesta a tu clamor es el reclamo, inaudito, sórdido, de tu ser, entenderás que no hay nada que preguntar. No hay nada que hablar. Cuando expiro, solo, mi silencio desde el pico de la montaña, mi silencio regresa a mí en forma de céfiro.

Céfiro de la Esfinge, tal y como el sollozo de Dios retorna en forma de manantial.


Y es que yo soy una vida inerte frente a otras vidas que pasan. El representante inocuo de un universo mudo y cuasisordo, flotando estático sobre sí. Hilo de palabras que se desgranan en letras, y letras que se desgajan en exhalaciones profundas y ralentizadas.

Lanza una piedra al desfiladero y la piedra te responderá. Escúchala, y sé enmudecido.



El eco es el lenguaje del Objeto.

La vida es el lenguaje del Sujeto.

El mutismo es el aliento de la Esfinge.

El desfiladero es la casa de Dios.


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I'm Adolfo Escamilla, founder. writer and photographer in OW&B. My main mission in this blog is to share my soul in the hope of saving my own life, and in the hope of shedding light into the lives of others.

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