• Adolfo Franco Escamilla Carranza

Visita al Colegio de San Ildefonso

Updated: May 3

Un recorrido espiritual por los suelos fértiles de la historia mexicana de comienzos del siglo XX



Algo se alojaba ahí. Sobre el suelo, en las paredes. En el orden inteligible de sus silenciosos patios barrocos. Efluvios de un pasado que se perpetúa emanaban de la flora; los respiraba pero no los comprendía. Tenues ecos de mis pisadas provenientes, acerca de sus suelos me invitaban a reflexionar. ¿Sobre qué, en efecto, estaba parado?

Adentrábase mi espíritu en la morada de un bello parterre cuadriculado, rodeado por un peristilo de delgadas pilastras, evocando en mi mente el recuerdo de arcaicas bellezas griegas. Quizá no me engañaba al pensar en aquel sitio como siendo un períptero; ignoto templo. ¿Se cumpliría la promesa, de que en su interior la escultura de un gran dios mitológico se asomaría? ¿Sucedería? ¿Pero dónde podría estar? ¿Sería acaso aquel busto en una esquina recargado lo que estaba buscando? ¿Ése que decía 'Gabino Barreda'? Ya algo había escuchado de aquel gran hombre de ciencia y, al menos ahora, estaba consciente de que este hermoso templo —como he decidido llamarle— es obra de su convicción. Pero también sé de buena fuente que toda gran acción requiere una gran pasión. Era eso realmente lo que yo buscaba al estar ahí. Para encontrar al hombre hubiese bastado visitar su sepulcro, pero no es en aquella Rotonda donde yace la grandeza. Yo lo sabía bastante bien.

Decidido a encontrar el origen, comencé a recorrer los muros que imponentes se enhestaban. Tal vez me guiarían a la respuesta. Ingentes murales escondidos mostraban una civilización pintoresca. Esa civilización es la mía -—pensé—, y aquéllo que en la pintura se plasmaba era su historia. Y así vi florecer pueblos en el frenesí del festival y la mística de la ceremonia, a la vez que presenciaba su caída y su renacer por medio del choque brutal de culturas. Pude sentir emociones varias. La voluptuosidad de un serio Cortés y una circunspecta Malinche. El vacío que genera la muerte de un pueblo precolonial. La agonía de cuerpos raquíticos consumidos por sus entrañas hambrientas. La lucha de miles a lo largo de una época. Me sumergí en la indiferencia del aristócrata arrogante, mientras burgueses ricos observaban con deleite una pelea entre obreros, a quienes aprecié con conmovedora impotencia. De esta manera tan desgarradora, mi espíritu se adentraba en los campos de la empatía para siempre.

Vaya historia. Al nivel de las más prominentes epopeyas. Digna de la atención y respeto de las más cultivadas mentes y nobles corazones. Mas no sólo de ellas y ellos. Era ahora mi turno de penetrar en el saber que arropaban estas estructuras. Para este momento, mi mente ya había trabajado lo suficiente, y ahora arrojaba la pregunta fatídica: ¿Por qué Barreda y los muralistas Clemente Orozco, Charlot, Leal, Alva y Revueltas, compartían un espacio en el mismo lugar? ¿No era todo esto claramente antitético a la razón? Al parecer, todavía no era hora de responder. No cuando todos los frescos apuntaban en la misma dirección. No cuando la única luz visible que presagiaba una respuesta sempiterna reposaba sobre aquel iluminado sendero de tortuosas escaleras. Era la pieza que hacía falta.

Un reflejo de mi ser optimista era sostenido por el haz de luz incandescente que iluminaba el contorno y detalle de una misteriosa figura. Provenía de aquel vitral rectangular de singular atracción a los ojos humildes. Su contenido: un arco que glorioso se yergue, como aquellos triunfantes que se ven en las capitales de Europa, recargando sus pilastras sobre dos bases que respectivamente leían "industria" y "comercio", rematado por un texto al centro que rezaba: "saber para prever, prever para obrar", lema medular del positivismo de Comte. El arco enmarcaba y destacaba a una mujer que se disponía a atravesarlo pomposa. ¿Quién era esa mujer? No lo sabía. Lo cierto es que ya en algún sueño reciente había figurado a alguien similar. La lectura de libros, el recuerdo de estas dos palabras y la frase, así como mi imaginación desbocada, sin duda rindieron frutos oníricos de diversa índole para la noche inmediata. Entre la pesadilla de un gran mundo sometido a la más cruda miseria y la ilusión, pueril quizás, de un mejor futuro con mayor igualdad y libertad, mi espíritu se batía sedicioso. Empero, muy probablemente influenciado por lecturas pretéritas, creí vislumbrar en mi ensueño el patrón de una Divina Comedia, donde entre blasfemias y píos sonetos, círculos infernales y cielos sin nubes, la figura de una nobilísima dama, que despuntaba entre la grotesca tragedia, se hacía manifiesta a mi espíritu, tan sólo para guiarlo entre la hermosa tempestad que los humanos denominan vida.

Ahora, de pie frente al mismo sitio después de un largo sueño reflexivo, elucubro que me hallo ante la síntesis de dos grandes movimientos: uno tético y realista —los frescos en los murales— divulgando una verdad lastimosa. Otro antitético y optimista, materializado por Gabino Barreda y su obra educativa de carácter científico en México. De ambos dimana un conjunto sintético y progresista: el devenir constante de dos extremos. Y mi teoría es, que este progreso que se desenvuelve lo encarna la mujer en el vitral.

Estimo conveniente recalcar el hecho de que, probablemente, jamás conozca la identidad de dicha mujer. Pero tampoco es que requiera saberlo. ¡Y es que he elaborado tan romántica teoría respecto a su ser, que cualquiera otra respuesta, por más convincente que suene, valdrá poco con lo que a continuación confesaré! Al inicio de este escrito mencioné que toda gran obra aloja tras de sí una gran pasión. Para Gabino, la pasión tomó toda su fuerza durante aquel viaje a París donde se inició en la doctrina de Comte. Pero ya que Comte es primero que Barreda —pues aquél enseñó a éste y no al revés—, ¿a quién le correspondió en su tiempo definir a Comte? A pesar del hecho de que el positivismo ya era un cuerpo filosófico bien estructurado para cuando Comte conoció a la lúcida Clotilde de Vaux, no fue sino hasta que se enamoró de ella que el positivismo propiamente religioso cobró vida. De ninguna manera diré que debido a esto el positivismo antes de ella era algo 'agrio', mas sí que, sin duda, la presencia de Clotilde marcó un punto de inflexión en la concepción de Comte respecto de su filosofía.

Ahora bien, considero que el hecho de atribuirle a Clotilde la imagen del vitral no es algo que realmente tenga relevancia. Es mi modo fantástico y romántico de interpretarla. Sin embargo, mi razón para, en todo caso, atribuirle esa identidad a la desconocida mujer, no obedece a un capricho. He decidido darle un último simbolismo a la conjetura que he elucubrado, y espero que éste se tome con seriedad: Clotilde encarnaba para Comte la forma más pura de amar. Clotilde representa el amor y la lucidez meta-intelectual, mientras que Comte era un científico de espíritu. ¿No demuestra esto lo racional y necesaria que es la pasión bien manejada en la vida de todo ser humano? ¿No le otorgó esto a Comte el ingrediente unificador del positivismo con la religiosidad? ¿Sería acaso una incoherencia decir —bajo esta perspectiva— que la mujer del vitral es Clotilde, y que Clotilde es el amor y la lucidez sintética que trasciende la mera positividad? Me inclino a pensar que no.

"Ama y haz lo que quieras", recuerdo bien esa frase. Clotilde es la síntesis de dos mundos. ¡Progresa, oh, mi amada! ¡Progresa conforme a tu voluntad!, pues tú ya eres libre de hacerlo.



#SanIldefonso #GabinoBarreda #ClementeOrozco #ClotildedeVaux #OfWolvesandBirds

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I'm Adolfo Escamilla, founder. writer and photographer in OW&B. My main mission in this blog is to share my soul in the hope of saving my own life, and in the hope of shedding light into the lives of others.

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